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Monday, January 3, 2011

Destacados del 2010





Esta nota no pretende ser resumen de lo que se presentó en la escena hispana de Nueva York en el 2010. Mucho menos intenta ser documento sobre el teatro: no asistimos a todas las obras por las más variopintas razones. Lejos está la intención de rebatir las nominaciones de las agrupaciones especializadas en premiar los espectáculos en español.

Lo que sí pretende esta nota es resaltar trabajos relevantes. La relevancia se refiere a trabajos cuyas propuestas el año pasado dieron un perfil al teatro de una ciudad, con una larga historia en español y que todos los días se rehace, se reniega y se olvida. Entre las piezas, unas miran el pasado y otras revisan la historia cotidiana; todas presentan estéticas particulares.

Historia olvidada

En noviembre Teatro Pregones presentó The Harlem Hellfighter on a Latin Beat. Pregones ha ido desarrollando un lenguaje propio basado en las referencias del colectivo latino en Nueva York. Anteriormente produjeron La rosa roja y Aloha boricua, piezas que retoman hechos del pasado. The Harlem Hellfighter on a Latin Beat recrea la historia, desconocida por la mayoría, de un grupo de puertorriqueños que durante la I Guerra Mundial formó parte de la banda del regimiento militar 15, cuyo talento es reconocido primero en Europa.

Uno de los aspectos relevantes de la pieza es la integración entre el grupo de soldados puertorriqueños y el grupo afro-americano. Esa unidad se da exitosamente dando ejemplo para generaciones posteriores: “Los puertorriqueños vienen con otra construcción social de lo que es la raza y se encuentran de pronto en esta banda, en este regimiento donde ellos pertenecen a un grupo específico que se trata de una manera específica en Estados Unidos” declaró la autora y directora Rosalba Rolón.

The Harlem Hellfighter on a Latin Beat es concebida y dirigida por Rosalba Rolón. La dirección musical es de Desmar Guevara. El elenco estuvo integrado por Yarani del Valle, Jesús Martínez, Shadia Almasry, Antonio Vargas, Omar Pérez, Otis Cotton y Danny Rivera.

Puro teatro

En marzo del 2010 el Teatro LaTea fue escenario de Lo nuestro es puro teatro, trabajo dirigido por Mario Colón y que presentó dos unipersonales: Mi última noche con Rubén Blades de Tere Martínez y Cosas que encontré en el camino de Iván Acosta.

Yanira, interpretada por Wanda Arriaga, es una niuyorican que limpia oficinas; ella escapa de la realidad escuchando canciones de Rubén Blades. Arriaga, (quien además protagoniza El insólito caso de Mis’ Piña Colada, éxito de público del Repertorio Español) en este unipersonal tiene el reto de crear el complejo personaje. Como ella comenta: “Me encanta trabajar con un material que te dé muchas opciones para que tú puedas en un momento ser una niña, una joven, de pronto convertirte en una madre, un padre abusador, en la mujer soñadora que se escapa con la música de Rubén Blades y que tiene una vida muy dura”.

Por su parte, Frank Rodríguez interpretó un personaje que mira la ciudad desde su marginalidad. El personaje de Cosas que encontré en el camino recoge diversos objetos; cada uno tiene una historia. Según Frank: “Es un tipo dicharachero, un vagabundo que va caminando por las calles de Nueva York con una maleta donde lleva una cantidad de cosas. Cosas que va juntando; cada objeto tiene una historia que a él lo ha tocado de una manera u otra”.

Locas y prófugas

Teatro Círculo produjo Sabina y Lucrecia, de Alberto Adellach dramaturgo argentino que vivió parte de su exilio en Nueva York. El montaje, dirigido por Dean Zayas e interpretado por Johanna Rosaly y Eva Cristina Vásquez, tuvo un proceso de ensayos llevado a cabo entre San Juan y Nueva York. Tanto Johanna Rosaly como Eva Cristina Vásquez plasmaron personajes que no siguen una linealidad emocional sino que pasan de un estado de ánimo a otro. El trabajo actoral, fue de tal intensidad, que la pieza adquirió niveles de lectura más allá de la temática política.

Según Eva Cristina Vásquez: “Es una pieza que tiene muchas posibilidades para las actrices. Son dos mujeres que están mal de la cabeza. Y en el caso de mi personaje, es un personaje que tiene muchos cambios emocionales y eso es chévere de trabajar como actriz”. Para Johanna Rosaly el reto de interpretar Lucrecia radica en: “los cambios de ánimo y la incoherencia en la expresión de texto, desde el punto técnico del actor”.

Tumbando convenciones

Caborca mostró sus tres producciones: Barceloneta, de noche; Floridita, my love en LaTea y Las minutas de Martí en el Repertorio Español. Estos trabajos tienen en común la recreación del espacio escénico para resaltar el trabajo del actor, textos basados en diversas referencias culturales y que tienen diferentes niveles de lectura. Esto último hace que si bien, el grupo dirigido por Javierantonio González investigue sobre lenguajes teatrales alternos, éste sea accesible a diferentes públicos.

Para González, autor y director, La complejidad me estimula. Los absolutos me dan miedo. Aferrarse a ideologías es peligroso. Entiendo el teatro como el lugar ideal para cuestionar nuestras ideas políticas, filosóficas y personales”. Entre los actores que forman parte de los elencos de Caborca están Veraalba Santa, Jorge Luna, Tania Molina, Yaremis Félix, Ricardo Hinoa, David Skeits, Marcos Toledo, Luis Alberto González, Laura Butler y Modesto Lacén.

Común de estos montajes fue la respuesta de público. Desafiando la máxima de que el hispano no va al teatro, estos montajes tuvieron gran aceptación entre los espectadores. En común también tienen el equilibrio logrado entre el entretenimiento y la reflexión.

Monday, October 4, 2010

Sabina y Lucrecia: género, clase y opresión.



Sabina y Lucrecia de Alberto Adellach es una obra que representa la dinámica de la opresión a diferentes niveles. Es una también una para dos actrices ambiciosas.

La obra los personajes encarnan grupos oprimidos. En este caso son dos mujeres que quieren estar en un espacio en el sean consideradas personas. Para lograrlo, paradójicamente, deben vivir al margen de un sistema que las rechaza y las recluye.

En la anécdota de Sabina y Lucrecia las mujeres huyen de una institución para enfermos mentales. Buscando la libertad, se recluyen en la casa de Lucrecia. En primera instancia, pareciera que los personajes han decidido compartir destinos.

En el momento que emprenden el desesperado y caótico esfuerzo por comenzar de nuevo, aparecen los comportamientos adquiridos. Lucrecia, para sentirse aceptada, asume las actitudes de una mujer pequeño burguesa; en el transcurso de la pieza trata de proyectarse como señora decente, respetable y normal, palabras que repite constantemente. Por su parte, al principio el cuerpo de Sabina no le permite mirar hacia atrás, metáfora de la ruptura con el condicionamiento a servir y ser explotada; ella se siente inferior al punto de compararse con una rata.

Al momento de ser escrita (1972), Sabina y Lucrecia refleja una sociedad en la que hay seres angustiados por la persecución política y la delación: lo que más temen estas mujeres es volver a la reclusión y ser traicionadas por la otra. Como comenta Eva Cristina Vásquez: “Ahí están los temas de la delación, sobre todo de la delación y el miedo a ser delatado, el miedo a ser encerrado, a ser oprimido. Creo que eso habla mucho de la Argentina de los años setenta” (1).

Hay una lectura sobre el rol de la mujer. En la historia de cada una está presente, de forma matizada, los tipos de abuso de los que fueron víctimas. Al pertenecer a un grupo históricamente sometido, pareciera que el entorno empuja a los personajes a las dolencias que padecen. Lucrecia hereda como máximo ideal el modelo del ángel del hogar. Johanna Rosaly, su intérprete, afirma que “Lucrecia cree que la vida normal es la vida doméstica que le han enseñado, mantener la casa limpia, cocinar, servir las comidas a la misma hora, conversar con la vecina”(2).

Cada una de estas mujeres representa un segmento social: una tiene aspiraciones de ama de casa y es condicionada para rechazar el disfrute del sexo, no contemplado en el ideal de la esposa perfecta. A su vez, pretende tener a Sabina de sirvienta por considerarla naturalmente inferior. Para Lucrecia, ser la dueña de la casa y de los objetos que hay en ella así como su conocimiento del mundo le dan autoridad. Su convencimiento es tal que se rehúsa a negociar con Sabina: el diálogo entre la clase media y la clase obrera no es posible.

El complejo mundo creado por Adellach cuestiona la percepción: la casa es bonita para una, fea para la otra. En una ocasión se refieren a un marido en principio hermoso para confesar después que es feo. No hay alfombras y constantemente se hace mención a ellas. No hay ratas, pero Sabina las ve para asustar a Lucrecia. Relacionado con el punto anterior, se cuestiona la normalidad. Como si fueran amigas, las dos mujeres narran sus historias; las cuentan manipulándolas de acuerdo a lo que quieren hacer entender a la interlocutora, tal como hace la gente “normal”.

La producción de Teatro Círculo, bajo la dirección de Dean Zayas, presenta el trabajo de dos actrices que enfrentan un reto complejo. En ese reto está la gran cantidad de transiciones: los personajes constantemente pasan de un estado anímico a otro sin motivo aparente. Es frecuente que los parlamentos se sobrepongan y que hablen de asuntos distintos. El resultado es la incorporación del humor a partir de diálogos absurdos.

En esa dinámica los personajes juegan diversos roles. Uno de ellos es el de patrona y la sirvienta que se rebela. Ante la crisis por el pasado de explotación de Sabina, Lucrecia asume el rol de madre. En los desafíos los personajes se desafían y llegan a desempeñar actitudes de traidora y traicionada, el juego más peligroso.

Otro aspecto que hace compleja la obra es el movimiento escénico. Al principio es el rito de reconocer la casa. Posteriormente los personajes andan por el escenario dando vitalidad a éste.

Johanna Rosaly y Eva Cristina Vásquez constantemente se enfrentan al riesgo. Para asumir ese riesgo han sido honestas y orgánicas en sus interpretaciones: han logrado crear los personajes mental y físicamente. La energía de su trabajo hace que el mundo de las dos marginales sea aprehendido por el espectador.

Johanna Rosaly es Lucrecia. Sus aspiraciones de ama de casa normal y decente la llevan a querer controlar la situación. La actriz desarrolla un personaje fragmentado, necesitado de compañía, de cambios bruscos que continuamente lucha por mantener la fachada de dama distinguida lo cual no siempre logra por su irascibilidad. Johanna hace que su personaje fluya a través de diversos estados que van desde el rechazo y el asco hasta la súplica de compañía.

Eva Cristina Vásquez es Sabina, la mujer explotada que descubre que hay posibilidades. Eva Cristina ejecuta un personaje sin ambiciones, más próximo a la realidad, que descubre que hay gente que la puede mirar de otra manera. Incorpora la burla a su compañera, a sus consejos y aspiraciones creando el contraste que crea la tensión en la obra.

Sabina y Lucrecia es un texto que presenta diversas lecturas. Sus intérpretes exploran diversas posibilidades para mostrar el mundo de seres marginados creando personajes que ya son referencia en la escena hispana.

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1- Tomado de “Dos mujeres, una locura.” Hora Hispana Daily News. Septiembre 16, 2010: 12. Print.

2-Idem.

Fotos: María Cristina Fusté